sábado, 26 de enero de 2008

Hoy estuve revisando la biblioteca de la habitación de Juan y me entretuve con un libro que llamó mi atención por los colores dorados de su solapa. Yo nunca leí nada, posiblemente porque nunca ví un libro como éste, todos eran feos, sin colores, sin ¨clase¨. Y ya tenía bastante de salvajadas y malas costumbres.

Qué libro tan bonito. Así serán los libros que leerá la Reina de Inglaterra o la princesa de Monaco, me imagino. Con razón dicen que son personas tan cultas. Yo también sería culta. Cuando abrí el libro de solapa dorada, se me cayó la cabeza. Esa que durante todo el día me estuvo aturdiendo con dolorosos recuerdos de mi muerte. Se me cayó al suelo y salí corriendo detrás de ella para alcanzarla; no fuera que llegaran los niños y la confundieran con una pelota de fútbol. Corrí por toda la casa, a paso lento, porque empecé a sospechar de mis venas "cordilleras de la sábana" de la pierna derecha.

Cuando la encontré estaba justo debajo de la nevera. Sangraba. Seguramente salió tan disparada cuando abrí el libro que aún guardaba el impulso que la mantenía atorada contra el suelo. Pobre Cabeza. Pero, la odiaba tanto, que la dejé ahí, por lo menos hasta que se quedara quieta. Hasta que se olvidara de mi cuerpo y mientras tanto, leyera las primeras y las últimas 50 hojas que jamás leería en toda mi vida.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".

jueves, 24 de enero de 2008

Me quedé sola. Se fueron todos en medio de disculpas tontas (sólo me convenció la de Juan, quien tuvo que salir a buscar a esa y sólo esa paloma que lo había cagado justo cuando se le declaraba a esa muchacha bonita, quien a propósito, nunca más volví a ver) y para evitar verme a los ojos y contener la tristeza. Mejor, ya estoy cansada de tantas lágrimas contenidas. De tanto café en las mañanas con sabor a despedida anticipada.

Escucho a Miguel Aceves Mejía, y mis pies bailan sobre el cubrelecho doble faz de Anita y Juan. Toco el cielo en un insante. Mi cuerpo se mueve al son de un Mundo Raro, me susurran al oído amor e ilusiones, estoy sintiendo amor del bueno. No vuelvan por favor. Les dejo mis besos a todos, pero no vuelvan. Déjenme morir aquí. Soy tan feliz.

miércoles, 23 de enero de 2008

Noche, ¿me escuchas?

Me pesa el cuerpo. Algo dentro de mí se está muriendo e imagino a esos labios diminutos diciéndome "adiós". Nadie me quiere decir nada, pero sé que estoy enferma. Sé que voy a morir. No tengo miedo, porque llevo 50 años pidiéndole a la noche que me lleve con ella...Sólo que jamás pensé que doliera tanto, porque es eso...dolor, dolor físico el que siento en mi espalda, en mis piernas arrugadas, moradas.

Pero, no voy a llorar más. No quiero que nadie me oiga. Es mejor cerrar los ojos...Noche, ¿Me llevarás hoy contigo, para siempre?