Hoy estuve revisando la biblioteca de la habitación de Juan y me entretuve con un libro que llamó mi atención por los colores dorados de su solapa. Yo nunca leí nada, posiblemente porque nunca ví un libro como éste, todos eran feos, sin colores, sin ¨clase¨. Y ya tenía bastante de salvajadas y malas costumbres.
Qué libro tan bonito. Así serán los libros que leerá la Reina de Inglaterra o la princesa de Monaco, me imagino. Con razón dicen que son personas tan cultas. Yo también sería culta. Cuando abrí el libro de solapa dorada, se me cayó la cabeza. Esa que durante todo el día me estuvo aturdiendo con dolorosos recuerdos de mi muerte. Se me cayó al suelo y salí corriendo detrás de ella para alcanzarla; no fuera que llegaran los niños y la confundieran con una pelota de fútbol. Corrí por toda la casa, a paso lento, porque empecé a sospechar de mis venas "cordilleras de la sábana" de la pierna derecha.
Cuando la encontré estaba justo debajo de la nevera. Sangraba. Seguramente salió tan disparada cuando abrí el libro que aún guardaba el impulso que la mantenía atorada contra el suelo. Pobre Cabeza. Pero, la odiaba tanto, que la dejé ahí, por lo menos hasta que se quedara quieta. Hasta que se olvidara de mi cuerpo y mientras tanto, leyera las primeras y las últimas 50 hojas que jamás leería en toda mi vida.
"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".
