domingo, 17 de febrero de 2008
Bueno y morirse no es tan grave. El cielo no ha perdido su azul y la cafetera sigue pitando tres veces cuando el café está listo. No me arrepiento de nada. Ni siquiera de los besos hechos a mano por mí cuando tenía tres años y luego cortados con tijeras de plástico cuando tenía quince. No me arrepiento de nada. Ni siquiera de mis zapatos de charol blancos untados con el pegamento barato que fue el sudor de las manos de mamá. Tampoco del sombrero verde. Tampoco de éstos casi diez días de silencio.
